viernes, 26 de marzo de 2021

La Adriana que no vi

I

Adriana de Master Chef ha sido de las concursantes más antipáticas de esta nueva temporada. No es por su técnica ni por sus platillos, es por el evidente favoritismo del juez José Ramón Castillo y por la inconsistencia de las reglas que es cada vez más injusta en esta temporada

Perdonan cosas crudas, mal cocinadas, malas decisiones, pero son terriblemente duros con gente que repite recetas; gente que ayudó a un participante; gente que supuestamente se derrota cuando el cansancio mental es demasiado. Parece, como en los trabajos, que se favorece al que caiga mejor, no al que trabaje eficientemente. 

Lo que me lleva a ¿por qué son exageradamente culeros con Eruviel? ¿quién les hizo tanto daño? Aceptan a gente que no tiene idea de cómo cocinar, pero juzgan a alguien por errores que YA corrigió y lo juzgan personalmente, en vez de juzgar su trabajo.

Parecen maestros de lógica o Capital Bus, así de pendejos. 

Y, esto resulta incongruente con el supuesto mensaje de diversidad que quieren dar a entender. 

II

Ya he tenido problemas y discusiones con Adrianas antes. Por desgracia, conocí a gente que tenía una amargura más grande que la mía a sus escasos 15 y 16 años. 

Adriana 1 era mi vecina, siempre le gustaba (le encantaba) destruir y maltratar mis juguetes. Cierto día decía que yo no tenía ninguna preocupación porque era rica. La verdad, eso no era cierto, porque toda mi vida he rentado, pagábamos las cosas a pagos y siempre tuvo que haber más de dos ingresos para sostenernos como familia. Iba a la peor escuela de la república que era igual a todas: la escuela pública y la verdad, era lejanísimo cosas como cámaras de video, celulares o computadoras. Ciertamente no era rica, sólo tenía un poquito más que Adriana 1. 

Pero a ella eso le cagaba: siempre quería que le regalara la ropa de mis muñecas, collares, pulseras. Una vez mi mamá me gritó por regalarle un collar que en ese entonces era costoso y que con mucho esfuerzo me había comprado. Hoy en día, no encuentro justificación para Adriana 1 y me pongo de lado de mi madre. 

Siempre decía que todos la querían, aunque fuera prácticamente imposible, pero que ella siempre se llevaba poca madre con todos. Y luego, cuando no conseguía lo que quería, hablaba mal de esos todos o de sus supuestos amigos que no la habían ayudado. 

Adriana 1 también arruinó mi amistad con personas más nobles, arruinaba mis cosas y me estaba arruinando el concepto que tenía de amistad. Mi foco rojo fue cuando ella me chantajeaba con ya no hablarme si no hacía lo que ella quería. Y un día me cansé.

Vino a la casa, yo le abrí y le alcancé a decir: ¿Qué quieres ahora? Adriana 1 se quedó muda, ya sabía que ya no me iba a dejar. No veíamos lo mismo, no le gustaba cómo era yo. Nunca me aceptó. 

Cuando se fue, respiré aliviada, como si me hubieran quitado un gran peso de encima. No era mi amiga, no era nada. 

III. 

Adriana 2 estaba enamorada de su maestro de matemáticas, Enrique Villaseñor, la verdad es que el tipo ni era guapo ni era buen maestro, pero como quería hacerse la intensa y la interesante, pues, estaba bien clavada con ese pendejo.

Adriana 2 era muy joven, pero tenía una amargura de una mujer de 70 años que sufrió mucho y que por dentro era una mujer que nunca cumpliría sus expectativas y nunca tendría una oportunidad en la vida. 

Primero fingió ser mi amiga y me presentó a sus otras amigas, luego, sus amigas parecían hablarme más a mi que a ella. Lo que, en verdad no le importaba porque nunca comentó nada. Después parecía que teníamos una especie de conexión, luego era fría conmigo. Decía que era como su hermana menor, luego le molestaba que le preguntara que si éramos hermanas. 

Nota mental: Nunca, nunca confundan la amistad con la hermandad. Porque, ni honras la amistad, ni la hermandad. Sigamos. 

Un día, explotó y me gritoneó que ya no quería ser mi amiga, que yo la seguía a todos lados, que parecía que me gustaba todo lo que a ella. Como buen agresor, volteó todo a que ella era la agredida. Me fui de ahí y le di la razón. 

Pero la verdad... era un poquito arrastrada

En el CCH me la volví a encontrar y ahora ella me habló a mi. Aparte de eso, yo había cambiado mi forma de vestir porque quería salir con pendejos inexpertos para el amor. Y ella estaba chingue y chingue. 

Que no me portara así, que los weyes me iban a cojer (cosa que yo quería, la verdad, porque desde los diecisiete quería y ya). Que no me maquillara, que hay que ser una dama en la mesa, pero no una puta en la cama... yo le dije que ni me interesaba a andar con weyes a largo plazo y que pues, me valía madre eso. 

Pinche vieja la verdad, ni ella se aguantaba. 

Yo la mandé a la chingada, porque pues, ¿no que ella no me quería? ¿que ella se sentía mal cuando le hablaba? Yo creo que nada más quería estar mamando. 

Igual, nunca la entendí. Nunca me dolió que se fuera. 

IV

Por eso, cuando pienso en Adriana de Master Chef me recuerda un poco a ambas. Una mujer que, aunque, la quieran, aunque la favorezcan, aunque hayas pasado cosas buenas o malas con ella, ella no dejará de llevar su amargura con ella. Vive enojada, se nota que tiene muchos problemas desde antes. 

He prestado atención a sus entrevistas y Adriana sufre mucho: sufre con José Luis, sufre con Oswaldo, sufre con David. Sufre si Meche e Itzel no la quieren, sufre si Rolando le echa porras a Eruviel. Sufre y se siente destruída. Sufre y llora aunque gane todos los retos. 

Y, cuando gana otro, basta ver su lenguaje corporal: mueve su cabeza como si tuviera una especie de radar o antenas, desorbita sus ojos, baja la boca y hace su misma mueca de amargura. Como que no es suficiente eso para el vergo que le debe la maldita vida. 

Me imagino a Adriana Salcedo, al día después de la imposición de su triunfo. Se levanta, se ve al espejo: es la mismo vacío, tiene el mismo problema: el dinero, el triunfo, no la ayudó. No interesa ya, porque ya nadie quiere recordar su temporada. Ahora es más antipática, quiere sentirse diferente, pero nadie le cree, ni ella se cree. La vida se ha vuelto agridulce para ella, porque tiene que empezar otra vez. 

Adriana tenía amargura dentro de si, tal vez porque necesita otro tipo de ayuda: siempre se refería a sí con palabras como quebrar, destruir; con indiferencia, de forma vengativa y despectiva. Entre más le daban lo que querían y entre más obstáculos enfrentaba, más frustrada estaba. Otros concursantes, aunque tenían fracasos, eran más resilientes. Buscaban soluciones y aguantaban vara. Era una lucha contra los jueces. 

Ella, por su parte, sólo se preocupaba por tener alguna relación tóxica o bien, jactarse de su triunfo para perjudicar a otros. No justifica su dolor ser una pésima persona. 

Adriana 1 sufría porque su padre no estaba con ella, vivía resentida porque él se fue para enviarles dinero. Ese era el dolor con el que vivía. Y aunque su venganza fue por las cosas: porque creía que debía tener para ser. Obviamente, cuando se dio cuenta que eso tampoco era su felicidad, debió haberse sentido muy triste. 

Adriana 2 tenía una hermana mayor, con la que frecuentemente comparaban. Un día escuché su dolor porque se lo dijo a alguien más. Y no a mí, con la que, frecuentemente comparaban y la hacían sentir mierda. Supongo que muchos años se sentía de esa forma. 

Ellas creían cosas que, supuestamente, ayudarían a aliviar ese dolor. Pero era demasiado tarde, porque perjudicaban a la gente a su alrededor y a ellas mismas. No tenían la inteligencia emocional para expresarse y conseguir una buena amistad. Aunque la vida les mostrara caminos, ellas seguían pensando lo mismo, lo que las hacía vulnerables a sus escasos 12 y 16 años. 

Desconozco qué fue de ambas. Dejé de verlas hace mucho tiempo, porque nunca me contaron lo que sentían. No quiero pensar mucho en lo que hubiera sido, porque son la Adriana que nunca vi. 

lunes, 15 de febrero de 2021

Cuento: Las magias de mi amiga.

 A Gatito 

Cuando fue Navidad quería ir a ver mi amiga, pero estaba enferma. Hay una etapa de la enfermedad, antes de sentirte mejor, en donde estás muy sensible, con tratamiento, con cuidados y comiendo bien. 

Empecé a ver el Tik tok del cholo que iba al ritmo de Fleetwood Mac, poco después puse la canción. Estaba llorando mucho, porque la extrañaba, como si hubieran pasado muchos años. O igual era la nostalgia. 

Un día vi una foto en donde tenía fleco y juro que me dio vibra de Stevie Nicks. La Bruja Blanca, gracias a la serie de Ryan Murphy. Ella me recuerda a ese tipo de hechicería que es con música, con alquimia, con hechizos para el bien y pociones hechas con distintos sabores. Con un leitmotiv de The Edge of Seventeen o How soon is now? de los Smiths. ¡Ese tipo de magia!

Recordé el día que fuimos a comer: un gyro, papas bravas, un hotdog y helado, ¡mucho helado! Recordé que estuve riendo con ella y que estuvimos muy bien. Comí muy tranquila. Luego tomamos coquitas, su bebida favorita. 

Ella ya tenía sueño y se tenía que regresar a su casa, de regreso ya iba cabeceando. Hablamos un poquito más. Es buena amiga. 

Cuando se fue se perdió entre la gente, pero alcancé a ver a un gatito que se iba para donde ella se fue. Justo donde le perdí la vista, el michito apareció. Ahí empezó la magia. 

Ese día mis alergias me dieron tregua y la coquita, que a veces me despierta, no me hizo nada. Dormí bien porque estaba contenta. 

Otro día que salimos la comida sabía deliciosa. Era la misma comida que comía en ese restaurante. Pero no era el espacio ni el tiempo que no había ido, empecé a notar que con ella todo sabía mejor. 

Los helados, las hamburguesas, las coquitas. Pero era algo maravilloso, también la vida, una conversación, un momento, caminar por el parque, una película. Hasta la ida al transporte para regresar a casa. 

Luego ella se iba y yo alcanza a vislumbrar un pequeño gatito. A veces era negro, luego calico, luego como tigrecito, pero todo concordaba, es que se iba a rápido a su casa y así se transformaba. No creo mucho en la hechicería o la magia, pero a veces las casualidades suceden. 

Ya que me recuperé, cuando comía, a veces todo sabía muy rico otras no tanto. No sabía lo que era. Era una escéptica, a veces muy crédula, pero la verdad es que dejé de creer en cosas. 

Entonces fue que recordé por qué la extrañaba y por qué todo sabía mejor con ella: porque en verdad disfrutaba de su compañía, su magia, la forma en que conectamos y lo que teníamos en común. 

Ella me escuchaba con paciencia y proponíamos cosas, siempre estuvo abierta a ir conmigo a donde elegía, pero yo también estaba de acuerdo con ella cuando me decía de un lugar. Ahí también había magia. 

Cierto día, antes de que me enfermara de la garganta, inauguraron una dulcería. Y, palabra, yo entré a comprar unos dulces para tener reservas para el invierno: no sólo encontré dulces deliciosos y difíciles de conseguir, sino que empezó a sonar THE EDGE OF SEVENTEEN! Reconocí la voz de Stevie, la Bruja Blanca, era ella. Ella y mi amiga. ¡Como si me dijera que estaba bien! 

Y, sobre lo de convertirse en un michito, yo creo que si es cierto. No he visto al gatito y a ella en el mismo lugar. 

De las últimas cosas que le propuse, fue que salgamos más: un mes comer por aquí, el siguiente por allá. Sin ser un día especial o por una fecha que inventamos. 

Y así hasta que ya no haya pretexto, mas que compartir nuestra compañía. 

Porque cuando ella aparece, hay magia y gatitos en cualquier lugar. 

miércoles, 13 de enero de 2021

Canciones con filosofía: Será que hoy

Acepté un trabajo en Santa Fe, de esos trabajos que detestas pero que te acercan a cosas. A partir de marzo fue un infierno, porque dos narcisistas me acosaron hasta querer acabar conmigo. No lo lograron, pero el sentimiento agridulce sigue. 

Todo comenzó un día que iba tarde. Ni modo, se lo regalé a la vividora esa y a la narcisista asquerosa. Ni siquiera tuvieron piedad y las dos se unieron para insultarme, para decirme cómo hacer mi trabajo. Me decían que no mintieran y ellas robaban, una cometió fraude pese a tener dinero, la otra se dio su encerrón con el ex jefe de su esposo. Mentiras, gaslighting, insultos y constantemente, se veía comprometido mi espacio personal. 

Por desgracia a la narcisista asquerosa le dieron mi trabajo, porque supo aliarse con Ximena y porque supo causar lástima, me hizo esa porquería y nunca tuvo ninguna consecuencia. 

Un día de agosto, cuando todo pasó, me desperté pero ya no quería levantarme de mi cama. No sentía nada, todo me daba asco. La vida, esas malditas ogetes, me daban asco. Seguían ahí y no había nada que pudiera hacer

Y se abrieron todas mis heridas: aquella de sexto año en que una estúpida me agredió, otra en donde me pendejearon, mi familia me dio la espalda, mi familia me insultó y me quedé sola. Mi mamá me confesó que me iba a regalar. Me sentía muy sola. 

Pero era que él ya no estaba. Mi padre había muerto y no había procesado su duelo. No me importaba tanto haber sido abusada, igual vivo enojada conmigo por la porquería que son otros. No era nada más eso... era la infinita tristeza porque siempre me faltaría. Eso fue la vida haciendome pagar todo lo que no hice, o una injusticia cósmica. 

No era sólo el abuso que había sufrido, era que me sentía sola e indefensa, era que vi toda mi vida pasar y no valía la pena. Debí haber hecho más, debí haber sido mejor hija. 

Me levanté con el pie izquierdo desde que supe que él moría. Y en mi necedad y egoísmo quería que se quedara conmigo. Porque la vida no sería igual sin mi papá. 

No estaba lista para volver al mundo. Debí haberle dado voz a mi dolor. El no hacerlo me generó una depresión terrible, de la cual me tomó tres años salir. Y nadie se compadeció de mi, nadie tuvo piedad conmigo. Ni la vida, porque viviría un duelo tres años después y acoso sexual al siguiente año. 

Porque nunca me había hecho tanta falta como hoy, era él el que faltaba. 

Armando Manzanero, el Burt Bacharach mexicano, murió el 28 de diciembre del 2020, una pérdida irreparable porque con sus composiciones le dio voz al dolor y al amor de muchos mexicanos. 

Descansa en paz. 





jueves, 31 de diciembre de 2020

Los peores años de mi vida

Tengo mucha culpa del sobreviviente: porque no he vivido las tragedias nacionales ni mundiales. No me pasó nada, no perdí a alguien, no me fue tan mal... De hecho, no recuerdo que fueran años tan malos. 

Del 2016 recuerdo que caí en depresión, detonada por dos abusadoras narcisistas: una de las peores compañeras de trabajo y una de las jefas que parecía CEO, pero en quebrar sus propias empresas y de ocultar fraudes de forma ineficiente. 

Ambas me hicieron la vida imposible y me mostraron que la gente puede ser asquerosa con meses de conocerlas, que, no vaya a ser que les mientas porque sufrirás su ira narcisista. Pero si ellas te mienten, descarada y cinícamente, si triangulan en tu contra e inventan cosas sobre ti, es porque, como todo agresor, creen que tú te lo mereces. Y que ellas son buenas. Y que se irán al cielo. 

Como todos los narcisistas, les ha ido mal y no tengo nada de qué alegrarme, pero tampoco me compadezco de ellas. Siempre vivirán una vida que no tienen. 

Todo esto fue en los primeros meses del 2016, ya en 2017 fue el sismo y no me pasó nada. Si bien recogí basura cerca del metro para que no se taparan las coladeras, sólo hice eso... No hubo más. 

2018 estuvo mal, pero pues nada interesante. Al final del año entré a uno de los peores trabajos que he tenido, en parte porque necesitaba dinero. Pero una vez que pagué mis deudas me salí. Días después de mi renuncia, seguían hablando de mi con su coraje y envidia. Cambié de trabajo, igual hubo otros compañeros abusivos, pero estuve más tranquila. 

Ya en 2019 todo empezó a caer, por duelos que no había solucionado. Porque sentí que eran dos duelos en uno. En 2015 fue mi padre, en 2019 fue mi tía. Es como si te golpearan una vez, pero se siente como dos. 

Lejos de que el mundo se cayera, a mi no me importaba, porque ya estaba muerta por dentro. Me di cuenta que lo que me hacía falta, era mi familia. Obviamente pensé en los dilemas de que les tocara la pandemia, pero yo preferiría estar con ellos. Siempre lo haré porque los extraño. 

Este año no me pasaron las grandes cosas, pero aprendí a cuidarme como resultado de esa depresión; examiné mi culpa y mi autodesprecio y mejoró mucho mi salud mental el hecho de no tener que desplazarme ni comer en lugares insalubres. Mejoré mucho al no tener que tratar con personas conflictivas y narcisistas. Mejoré mucho al dar de baja mi cuenta de facebook que no use desde hace dos años. 

El 2016 fue una secuela completa del 2015. Y el 2020 del 2019. Porque ya había perdido algo que nada podrá reemplazar. Si bien tengo ciertos recursos emocionales y laborales, aún me falta mucho por valorar y aprender. No dudo que vienen cosas peores, principalmente por mi lugar en mi familia, mi género, mi forma de ver el mundo y de cuestionar los hechos. Pero me siento bien que no pasó a mayores y que todo se detuvo para que tuviera un poco de tranquilidad. 

Sé lo que se siente perder a alguien, sé lo que se siente perder y crecer es aprender a perder: a los que amas, trabajos, oportunidades. Entender que no eres gustado y que no te quieren, que no te dejarán trabajar porque tienes recursos, que la envidia que provocas es muy fuerte para gente que no tiene nada. 

Pero por otro lado, sé que nos tenemos a nosotros, que los mejores planes son de la gente y para la gente. Que la vida es buena con pequeñas cosas y que siempre hay que buscar una alternativa. Sé que hay que fijarnos más en lo que se hace que en lo que se dice. Y que nadie se va sin pagar lo que hace a otros o a sí mismo. 

Dentro de lo más oscuro de mi ser, de mi desprecio y de mi auto-odio, de mis peores y más bajos momentos, de lo más avergonzante que pueda contarles, de mis fracasos, créanme cuando les digo que hay que tener esperanza. 

Bertold Brecht dijo que la esperanza no ocurre cuando todo está bien, sino que se tiene a pesar de cómo resulte todo. Siempre hay que tener esperanza, porque estamos del otro lado del azar y las cosas pueden cambiar de un momento a otro. 

Y así, cada año, sabremos que es lo que importa más. Felices fiestas, queridos lectores. 



lunes, 28 de diciembre de 2020

No me siento sensual

Él era un hombre con el que hablé muchas horas, la pandemia ciertamente prometía el inicio de un intercambio intenso, de descripciones sobre lo que haríamos, sobre lo que queríamos y la plenitud de lo que íbamos a sentir. 

Me sentía muy halagada y muy bien con él, pero por desgracia, algo pasaba: no quería buscar fotos, ni cosas sugestivas, no quería escribir y no quería extrañarlo. Esa parte me pesó. 

Era un sentimiento de desolación y de una profunda nostalgia: aunque era una fantasía sexual, todo se quedaría ahí, todo sería una promesa y un encuentro que nunca se consumaría. Y después, el vacío. 

Preferí llenar ese vacío con entretenimiento, luego trabajo, a veces convivencia familiar, sin embargo, no tuvo un buen desenlace. Del entretenimiento sólo rescaté algunos materiales. El trabajo era bueno y logró enfocarme en cosas que quería y, con la familia, simplemente me rendí con algunas personas y a otras las entendí mejor. 

Pero, sexualmente, no quería descubrir cuerpos, ni ver videos eróticos. No quería hacer una videollamada ni hablar con otros. No quería compartir. Es que no me sentía bien, no me sentía sexy ni con ganas de nada. 

Era como volver a un 2016, pero sin depresión: ahora tenía trabajo, pero, parecía como si fuera el mismo día. Todo se apagó, hasta la forma de sentir y la forma de ver al otro. 

Él se molestó conmigo. Estaba harto de imaginar, de fantasear, de soñar con un encuentro que jamás sucedería. Yo me desaparecía o contestaba con algunas frases, en parte para que no sospechara... Yo lo admito: lo estaba ghosteando. 

Y es que yo tampoco quería imaginarlo, ni quererlo, ni estar con él. No quería sentir esa adrenalina y luego la incertidumbre. No quería que él pensara que se estaba convirtiendo en algo más y que quería más cosas que sólo sexo y pláticas hasta la madrugada. 

Igual y no iba a funcionar, pero terminé extrañándolo. 

La verdadera tragedia fue, que yo no dejé que pasara, yo arruiné esta oportunidad. Él se cansó de esperar a que todo estuviera bien, porque tampoco estaba seguro. 

Sólo estoy esperando la forma de reconectar, de ver nuevas imágenes y fotos, nuevas situaciones que hagan que despierte mi líbido. Nuevas ideas para fantasear, pero por ahora, sólo quiero estar así... tranquila. 

martes, 8 de diciembre de 2020

La romantización de un trastornado mental.

Cuando la gente quiere ser muy cruel, no actúa sola. Hace un tiempo, el aislamiento sacó uno de los peores episodios de mi vida. Un episodio de aprendizaje, pero de mucho dolor. 

Yo reconozco que hice daño a un hombre que me rechazó. Yo empecé a decir que era joto y que anduvo con su mejor amigo. Lo decía de broma, lo decía con todo el tono de homofobia que tenía un adolescente idiota de 16 años. En ese entonces, no calculé el daño que hacían mis palabras, pero si llegué a calcular el de otros. 

Cuando te han llamado o referido a ti como lesbiana porque no quieres estar con alguien o porque algo en tu apariencia es raro, no te queda mucha homofobia para repartir, porque es un problema que afecta a todos. Y, aunque no sea mi lucha, se lo que es que no te acepten por lo que eres o no eres. 

Muchos de mis supuestos amigos, que eran una mierda de personas, empezaron a triangular con este muchacho. Le dijeron que yo había dicho más cosas de él, lo manipularon con mentiras, en un afán de desquite y con toda la envidia y mala leche posible. 

Dentro del listado de supuestos amigos tenemos: 

- El chavo que dice no ser homosexual, Omar, pero que sabemos que lo es, por su evidente desprecio a otros homosexuales y a la diversidad. Creía que el tropo del homosexual hipócrita, venenoso y envidioso de las mujeres era una forma de sublimación de su verdadero ser. Nunca se definía de esta manera, pero era todo lo que podía ser. Fingió ser mi amigo, cuando sólo era un falso y un mentiroso. 

- La chava cuya madre había muerto (hace mucho tiempo), Gina, pero que seguía jugando su carta cada que podía. He perdido a personas, pero, desde el fiasco de mis ex amigos, no ando pidiendo simpatía por mi tragedia. Muchos chavos feos querían con ella, pero ella sólo jugaba con ellos, se creía la bonita, pero en realidad, era falsa, victimista y envidiosa. Un día se burló de mi cuando traía un vestido que le gustaba a ella, luego volvió a su papel de sufrida y de caerse para que la levantaran. 

Como muchas mujeres que no tienen un buen padre, basaba su aprobación en la aprobación masculina que su padre le negaba. Su sueño dorado era Israel, un muchacho musculoso y poco interesante con el que todas querían estar, pero que ninguna tomaba en serio. Era algo triste que fuera aburrido, pero, así era. 

Y también se acostaba con Vans, o al menos así se refería al casado que la usaba. Y digo que la usaba porque él se aprovechaba de ella, porque sabía que no iba a ningún lado su relación. El haber tenido una relación así, me hace pensar que esa chica no tenía autoestima, pese a haber sido la reina de corazones de los feos. En algo tan sutil, teníamos mucho en común. 

Gina tuvo su fasecita bicuriosa y decía querer mucho a Olimpia. Una chica que decía ser buena gente, pero que cuando te metías con el que le gustaba no lo toleraba y triangulaba mucho contra ti. A ambas, casualmente, les gustaban los muchachos guapos y viriles, pero cuando no les hacían caso, se consolaban entre ellas. Pero eso no es una relación lésbica, eso se llama estar necesitado. 

Es la segunda Olimpia de la cual veo su falsedad e hipocresía. 

Y finalmente estaba el dizque ejemplo genio y químico con el que me compararon cientos, miles, chingos de veces, Mario. Él siempre era el modelo de todo, un modelo aburridísimo que nadie quería copiar, que a nadie interesaba y que se hacía el que se pasaba de listo para hacerse el sarcástico. Siempre restregaba sus notas, su dizque perfección y su dizque desempeño, pero, la verdad es que a muy pocos nos interesaba él como persona o como estudiante... o como algo. 

La verdad son muchas líneas para él y no hay mucho que decir, salvo que era envidioso e inseguro de a madres y que me llamó urgida porque, según él, el chavo del que hablé me rechazó. Fuera de ahí, no supe mucho de él que fuera relevante. Creo que sigue sin serlo. 

Es curioso cómo todos existían mientras eran hipócritas, mientras aventaban la piedra y escondían la mano, mientras te querían quitar tus cosas, cuando hablaban mal de otros. Pero rara vez se sabía que hubieran hecho algo bueno por alguien o alguien los quisiera de amigos. 

De Omar supe que se burlaba de otros muchachos que se veían más afeminados que él, los odiaba, pero a la vez admiraba su libertad, su sexualidad y que no les importaran los demás. Omar quería esa vida, ese atractivo, pero su aspecto delgaducho y sus dientes separados se lo impedían, no era un gay atractivo y nunca tendría un novio guapo. Esa inseguridad se le notaba. 

De Gina sólo supe que estaba en una facultad lejos de la mía. Cuando me habló la ignoré olimpicamente. Primero se acercó como si fuéramos las grandes amigas, pero mi indiferencia la hizo quedar en ridículo. Yo iba sola, pero ella no. Y la verdad, yo no quisiera una persona así en mi vida, que se validara por los hombres y que siempre tuviera envidia de lo poco que yo tuviera. La gente así es terrible. 

Creo que fue mi atrevimiento a declararme a ese hombre, lo que los molestó tanto. Una jamás tendría un novio que la hiciera de padre y que le curara sus emociones. Y el otro tal vez, jamás tendría novio. Yo deseo que ambos no vivan de tener una pareja. No crean que eso es la felicidad. 

Porque yo lo creía a los 16 años cuando soñaba con un novio como él. Y cometí ese error constantemente, hasta que supe que yo era la que tenía que cambiar, ser mejor conmigo, aprender a vivir conmigo en vez de esperar a alguien que, supuestamente, me iba a curar. 

Cuando ese hombre me humilló. Vi muchas cosas de la gente que no me sorprendieron, pero que me dolieron porque me juzgaron injustamente. Yo acepto que lo llamé joto, que me burlé de él, que me cagó lo que me dijo para humillarme. Mucha gente me lo repetía para lastimarme de nuevo, mucha gente se puso de su parte. Y yo pagué doblemente caro mi error. 

Pero, aquí estoy, lo pagué y acepté ofrecerle disculpas. Contrario a él, que, en privado con la maestra con la que me acusó (y a la cual fue a llorarle y hacerse la víctima y el ofendido), él uso una de las frases más bajas y más ruines: yo tomo medicamentos para no ser tan agresivo, pero no quiero ser así

Él justificaba su agresividad con un problema médico y siempre que se veía comprometido o humillado, jugaba esa carta. Cuando amenazó con golpearme y dejarme inconsciente, fue con lo que se salvó. 

Primero lo hizo conmigo, quién sabe con quienes más. 

Yo decidí averiguarlo, al principio porque quería extrangular mi humillación, pero ya había pasado. Lo había superado, no me dolía que castrara hasta los huevos. 

Ciertamente, él usó a otra chica para que se besuqueara con él y así darme mi merecido. Como no le funcionó, empezó a maldecirme entre dientes cuando me cruzaba con él. ¿No que me había perdonado? Era un hipócrita igual que Gina, que Omar, que muchos más. Por eso estaba con ellos, por eso se vengó de mi. 

Mucha gente se burló de mi hasta el cansancio, pero nadie supo que él era paciente psiquiátrico, nadie supo lo que él pensaba y lo que sufría en secreto porque él estaba igual o peor de herido que yo. Nadie supo que lo que él quería, era a una mujer que lo curara de su patología, que se llevara sus demonios y su sufrimiento. 

Encontré una teoría que dice que muchas de las víctimas de violencia se veían a sí mismas como heroínas de un cuento de hadas: yo salvé la relación, era mi tarea salvarlo, al final... como Bella y Bestia. La idea de que el chico rebelde, problemático y agresivo sólo necesitaba a alguien que lo amara correctamente, a alguien que rompiera rompiera el hechizo.

Y como todo sueño, esto se convirtió en pesadilla. Maribel, Hellen, Lucy, no importó cuántas hubiera, no importaba cómo se llamaban: al principio era todo una maravilla: ellas salían con él y él las conquistaba, las encantaba. No eran la fea ni la acosadora, como yo. Al fin, todo sería distinto, ellas quitarían su agresividad, él ya no estaría solo y todo sería mejor. 

Pero con el paso del tiempo, la emoción disminuía, o no funcionaba. Él se sentía frustrado, la ira volvía y ellas no eran capaces de quitarla. Ellas no lo amaban correctamente, no solucionaban sus problemas y no tenían la respuesta. A una pregunta que sólo él se podía responder. 

Imagino qué hubiera pasado si ellas hubieran sido víctima de violencia: tal vez sus amigas lo hubieran destruido, tal vez lo hubieran denunciado y hubiera tenido que hacer algo para atenderse. Pero el doble estándar de la gente me hizo ver que, como era yo y a la gente no le agradaba, de cierto modo me lo merecía, yo no importaba porque todos sólo querían ver el show. 

Yo dejé de quererlo esa tarde, en que mi autoestima y mi orgullo fueron destruidos. Pero me dí cuenta que no lo quería, que no lo amaba ni que lo deseaba, sólo era una idealización porque yo no me quería. 

Y lo peor fue que no llegó en la hora en que lo necesitaba: llego mucho tiempo después, cuando tuve otras relaciones y llegaron otros como él. Otros que me maltrataron y que no les importó lo que yo sentía. 

Pero era mi culpa, era yo la que tenía que alejarme y estar en contacto conmigo. No iba a llegar nadie a romper el hechizo. 

Fue cuando regresé a esos recuerdos, a verlo a él, que fingía para que lo aceptaran y lo quisieran. Que jugaba su carta para que todo mundo se compadeciera de él. Que con cada mujer, fallaba en encontrar la cura.

A mi nadie me ayudó, pero yo sufría en silencio. 

Fue un camino muy doloroso: de culpa, autodesprecio y aceptación de todos mis errores y autoacusaciones. Sin embargo, yo ya no tenía 16 años. Y, aunque mi familia y otros supuestos amigos me dieron la espalda, yo estaba ahí para consolarme y para aceptarme otra vez. 

Me vi con toda la compasión y vi que me había equivocado: pude haber evitado mi humillación, tal vez, porque él era bajo con todas las mujeres. Pudo haber sido mejor, pudo ser diferente. No necesitaba a nadie más que a mi misma. 

Y no necesito una pareja para que me cure, primero necesito un diagnóstico, un montón de trabajo personal, no creer que la vida será fácil y no creer que hay una solución para todo. La gente que fue injusta conmigo, sólo era un reflejo de lo injusta que eran con ellos. 

Omar seguía viéndome burlonamente, obsesionado conmigo. Era lo único que tenía porque nunca se dio permiso de vivir su verdad. Gina vive de que alguien la quiera, aunque sea una persona terrible. Mucha gente del CCH me detesta. Y está bien. 

Yo trato de hacer las pases conmigo, castrante o no, fea o no, urgida o no, nadie me va a tratar peor de lo que me trato yo misma. Pero nadie es capaz de amarme y aceptarme como yo. 

El amor debe ayudarte a que los dos sean mejores juntos, no a que sean dependientes ni que traten los demonios que no quieren ni mencionar. Mi problema con él fue que no era yo, es que a todas luces, él siempre será el equivocado. 

Los pedos de un mediocre

No hay por qué disfrazar la verdad, es algo vergonzoso para mi admitir que me gustaba un mediocre. Bueno, muchos, pero cuando se ha abierto la puerta del infierno, he tenido oportunidad de escapar. 

Ese mediocre era encantador y por eso conseguía los favores que quería, pero eran cosas sencillas, porque él no podía aspirar a más. 

Cierto día en que fui humillada en un trabajo terrible, él se burló de mi, junto con otros dos mediocres: un cocinero arrastrado y un hombre que se estaba pudriendo por la boca, pese a la colonia barata con la que pretendía cubrir su verdadero olor. 

Reía delante de mi y a mis espaldas. Yo acerté a decirle que no se me acercara. Cuando lo supo su amante, la chica de adorno en Recursos Humanos, él sólo fue removido, nunca tuvo consecuencias, ni una llamada de atención. Sólo lo condenaron al aburrimiento, porque el adorno quería macho. 

Finalmente, sin él ahí se sentía mucha tranquilidad: él era un lleva y trae, chismoso, burlón e hipócrita. Su fachada se desvanecía con sus problemas reales, con una vida que no quería, pero a la cual se había resignado. 

No me dolió el hecho que se burlara de mi, me sorprendió porque aún estaba infatuada por él, pero, cuando lo conocí, fue como probar un gran platillo y que esté echado a perder, rápidamente lo devolví con desagrado. 

Lo que me dolió fue el hecho que un día le conté que: Capital Bus es sólo una plataforma, me voy a subir porque voy a ver desde arriba- le comenté. Él volteaba los ojos, como diciendo: Esta mamona, ¿qué se cree? Fue entonces que me hartó su conformismo, su mediocridad, el hecho que no tenía nada que aportar y que sólo era un lastre. 

En cinco años perdería su atractivo y el efecto halo se acabaría. Sus ejemplos, que eran los mediocres de los conductores, tomarían posesión de su personalidad. Un día, odiaría tanto a las mujeres que quisieran estar con él, como a las que no.

Y eso me lleva a una de las joyas de la corona. 

En una plática con su amigo el cocinero arrastrado y con la narcisista culera, estos mediocres hablaban de las pruebas de amor, porque ¿quién mejor que una mujer que odia los buenos sentimientos y un hipócrita que te envidia pero que a las primeras de cambio se desdice para hablar de amor? No, pues aquello era de no creerse. 

Obviamente, eran puras barbaridades, porquerías, bajezas. Como si alguien los hubiera amado, como si ellos supieran qué era tener una relación. 

La narcisista culera dijo que la prueba de amor más grande era aguantar el olor de los pedos de la persona amada. Ah, no sabía que era doña poetisa, no sabía que eso según ella, era un prueba de amor. Yo aguanté sus bajezas, que hablara mal de mi y su aspecto sucio. Pero de seguro, tenía razón. 

Él mediocre atinó a decir que cuando dormía con su esposa, ella lo cubría con las sábanas, lo que hacía que se encapsulara el olor de sus pedos, el cual era poco menos que letal. Y, aunque aseguró que la amaba, menos mal, ya le había dicho pedorra y se había burlado de ella. 

La mujer que le abrió las puertas de su casa, la madre de sus dos hijos, la que le enviaba la comida que él a veces comía. Eran sólo el olor fétido de sus pedos.  

Imaginé dos cosas que dinamitaron todo mi respeto por él: primero ¿qué sentiría yo si un hombre hablara así de mi? ¿Qué sentiría el adorno si supiéramos los pedos apestosos que se echaba cuando estaban juntos? ¿En la intimidad, en un espacio aparentemente seguro?

Yo no puedo concebir eso... no porque crea que tengo algo distinto o que soy la perfección andando, pero ¿por qué estar con alguien que se burla de mi? ¿Por qué normalizar la violencia? 

El mediocre tenía más pedos que yo y se notaba, pero los suyos apestaban a conformismo, a apatía y a un odio sublimado por la persona que él, supuestamente, eligió.