sábado, 27 de noviembre de 2021

Al filósofo Stephen Sondheim

 El gran Stephen Sondheim fue un filósofo que estaba disfrazado con el traje de un compositor, de un músico. Un tratadista cuyas letras en el teatro musical te hacen conmoverte hasta las lágrimas, emocionarte, entender lo que es enamorarse y entender lo que son los votos matrimoniales. También te ayuda a comprender el horror que son las personas frustradas y el horror de un amante que es posesivo. En sus obras es muy clara la anagnórisis (que es cuando un personaje se da cuenta de lo que le llevó a su desenlace), el pathos, uno establece una conexión con el personaje, porque no hay buenos o malos, sólo personas que tomaron una decisión. Sondheim te lleva a la catarsis mediante la música: sus letras simulan la estructura de una opereta. La tensión va creciendo hasta que llegas al llanto, que, aunque sea de dolor, es un llanto que ayuda, que libera emociones, que te hace repensar sobre lo que estás sintiendo. Puedes ser el protagonista o el villano. 

Él fue uno de mis maestros indirectos cuando aprendí sobre el teatro musical. Jamás estudié teatro musical porque era muy exigente, pero cuando cantaba una composición de Sondheim, mi vida se llenaba de luz y de esperanza. Yo sabía que podía ser como Gypsy, como María o como Bobby. 

Pero, otras veces me doy cuenta que, puedo ser como la malvada Bruja, como mamá Rose, como Fosca, a veces soy así. En una misma canción pueden convivir la mayor alegría y la más profunda amargura. 

En sus grandes musicales destacan Amor sin Barreras, adaptación de Romeo y Julieta. Sweeney Todd (que cautivó a Tim Burton como para una adaptación musical), Follies, que trata sobre la industria del teato musical. Gypsy, el musical perfecto por excelencia. Company, que retrata las relaciones amorosas y la soledad en la época contemporánea. Una adaptación de la comedia Las Ranas de Aristófanes, con Nathan Lane y Roger Bart. Into the Woods, en donde se analizan los mensajes culturales de los cuentos de hadas. Pasión, en la que hay una subversión de la historia de amor romántica, o eso parece. 

Mucha gente me pregunta por qué me gusta el teatro musical, por qué amo cada canción, ensayo cada baile en mi habitación y me sé cada nombre de la marquesina... Porque el teatro fue mi compañero cuando estaba sola, cuando la gente se burlaba de mi y me veía como una persona rara. Porque Zizek dice que es el género americano por excelencia y que ahí se observa la idiosincrasia de los vecinos del norte. 

Veía Glee y me conmovía, en algunas canciones investigué el nombre de un tal Stephen Sondheim y mi vida cambió para siempre. 

Cuando Fosca cantaba acerca del amor, veía mis obsesiones en ella. Tal era mi ideal, que estaba perdiendo la razón, sin importar que enamorarse sea una especie de locura. 

La primera obra que vi fue la de Company y me encantó cómo representa en dos divisiones a las personas con pareja como aquellos que están solteros, como si fueran bandos enemigos, cuando tienen las mismas creencias irracionales. 

Me ayudó a apreciar la ambivalencia de la relación madre e hija en Gypsy, que es una obra en la que no hay un villano, sólo personas se equivocan. Esa idea también está presente en Into the Woods. Cada vez que uno las ve, sabe que tiene que comprender a sus padres, pero no al punto de perderse como individuo. 

Le debo haber apreciado a George Seurat, esa obra, Sunday in the Park with George, me acompañó cuando tuve un bloqueo creativo, el llanto que me produjeron Mandy Patinkin y la enorme Bernadette Peters fue curativo. 

Le debo no sólo el amor por la música, sino el amor a la vida. La resiliencia y el haberme ayudado a encontrar mi voz cuando estaba ahogada por el dolor. La idea de que podía ser una estrella, que puedo amar cada segundo de mi vida y ver un sombrero en donde no estaba. 

Ahora voy a hacer lo que todos hacen, pero la verdad me gusta mucho: ¡escribir sobre las canciones de Sondheim! Estén pendientes. 


lunes, 13 de septiembre de 2021

Canciones con filosofía: Love's A Game

The Magic Numbers sencillamente me cagaban: esa ondita The Mammas and the Pappas pero para gente fresa, llorona y probablemente obesa. Sólo eran Forever Lost, en donde salen dibujados ligeramente más delgados de lo que son. Se me hacían como de la buena ondita, de ser positivos y esas idioteces. Los despreciaba, eran lo peor. 

Luego lloré con ellos como dos veces: era una fresa, llorona y si, si estaba  obesa. 

Pero no me importaba: había perdido cosas que yo creía importantes. Forever Lost creo que fue cuando una persona ojete me traicionó... ¿Ana tal vez? ¡Ya se! ¿fue Eduardo? Así de vago es el recuerdo. El sabor que antes era amargo, hoy es un insípido tolerable. 

Ya he dicho que veo las cosas de otra manera: ¿la gente es estúpida?, si. ¿Te lastimará? Si. ¿Se hacen pasar por tus amigos y después quieren que pierdas todo porque creen que así serán mejores? A huevo que si. Pero eso es pensamiento mágico pendejo, rara vez sucede. 

He puesto mis causas perdidas y antes creía que se compondría una relación que yo consideraba importante. Esa persona jamás sabrá cómo me siento ni lo que tuve que soportar para llegar a donde estoy. 

Esa persona me cobró por existir, por una deuda que no tenía, me cobra hasta el aire que respiro y me dice que no me importa nada. Pero ella me dice que si pudiera, ojalá me llevara la chingada. 

Fue entonces que recordé que yo siempre le creo, que siempre me humillo, que le pedí disculpas hasta por nacer. Que le he dado aún cuando no he tenido. Que todo lo que me cobra, aunque se haga wey, lo tengo bien anotado y que simbólicamente, si la persona quisiera, perdonaría la deuda que se inventó, porque lo único que siempre quiso fue cortarme las alas. 

Pero esta última vez que nos peleamos, que me dijiste cosas tan espeluznantes como siempre y que reafirmaste tu desagrado hacia mi, me di cuenta que ni vale enojarse contigo: eres todo lo que está mal con la gente: insatisfacción, venganza, pensamiento mágico, acumulación de negatividad, desórdenes alimenticios y positividad tóxica. Eso es lo que eres y me lo quieres achacar a mi. 

Un día se atrevió a decir que prefería a alguien enfermo que a mi. Pues yo prefiero mi salud que a ti. Poco a poco nos iremos alejando y yo sanaré mis heridas. Tu no quieres hacerlo. 

También su pareja me culpó que no hicieron su vida juntos. Pero cuando intentó dejarme a la deriva por irse a perseguir quimeras, ¿eso no te lo contó verdad? Cuando le conviene soy una rompe hogares, cuando no le conviene soy una caca, cuando le conviene soy super inteligente. Pero siempre le conviene que sea una estúpida. 

Siempre me echó en cara las cosas. Siempre quiso derribarme, pero yo voy a dedicarme a luchar para alejarme. Cuidadores siempre hay, las cosas siempre cambian, la tecnología ayuda también. 

Ya no me importa lo que haga. Sencillamente no es ni humillante: sólo siento pena por esa persona. Soy el error más honesto que cometió, pero ya estoy aquí y quiero seguir viviendo. Pero para mí, no para la persona. 

Yo ya no me voy a enojar porque siempre ha sido ridícula: cree que es el centro del mundo y que todo se trata ha de tratar de su persona. Cree que una enfermedad te hace bueno y que todos deberíamos tener pensamientos positivos. Es come santos y caga diablos. No agradece a nadie y cree que siempre tiene la razón. 

Y la principal fuente de negatividad suele ser esa persona. 

Cuando la intentó estafar su pareja, ella se dio cuenta que no me podía culpar más a mi, que yo no tenía que ver en el error que había cometido. Yo no me di cuenta, mejor me dediqué a verme. Fui responsable. Ella ni en millones de años va a admitir su error. Hoy día ya no pienso, qué poca madre, pienso, lo que hace la gente por tapar los asuntos que les afectan. 

Ojalá la vida me permita que nuestros caminos se separen. Siempre es lo mismo: te hiere de muerte y luego regresa con su ramo de flores. Cree que el amor va a borrar el ojo morado, la herida de muerte con el punzo, la fractura de cráneo, la de la cadera... El alma herida. 

Yo he dejado de tomar a la persona en serio. 





domingo, 12 de septiembre de 2021

Algunas de mis causas perdidas.

He perdido un poco mi fuente de escritura: mis desgracias con personas imbéciles, ojetes, narcisistas, ladronas y culeras. Osea, si siguen siendo así esos pendejos... pero como que ya no me importa. 

Cuando me peleé con Cristian Gutiérrez él intentaba que me enojara y frustrara porque no me apoyó con mi proyecto de tesis: dice ser un buen maestro, pero, honestamente no lo es. Y no estoy ardida, como dice su amiga codependiente, que ahora no me interesa hablar de esa chica porque siempre la pasa mal. Yo no quiero sumarme a su desgracia describiéndola. 

Él bloqueó muchos de mis intentos de exponer la tesis: me citó un día para dejarme exponer al último, nunca me dio una retroalimentación, sólo se dedicaba a decirme que leyera más, que viera lo que él consideraba que era correcto. Saboteó proyectos desalentándome, me juzgó de manera personal por algo académico, pero cuando algo estaba bien, simplemente no existía para él. Su amiguito Javier, aunque intentó quedar bien conmigo, le puse límites igual que a él. Mejor les pego primero, porque si dejo que me peguen me destruyen. 

Me reclamó que le mentí, cuando era un asunto privado y no afectaba realmente nuestra dizque amistad. Cuando le dije que era autodidacta, me lo reviró negándome ayuda. Cuando le dije que por qué era su negativa dijo: pues no que eres autodidacta. No le gustaba mi sentido del humor, en el fondo yo le cagaba. Nunca estuvo de acuerdo con quién era yo ni cómo era. Cuando me deprimí me invitó a una fiesta... Ya no se ni con qué intención lo hizo, pero como que sentí que era una forma de decirme: ábrete. Y pues si, si quería abrirme. A la verga todo. 

Un buen día, Cristian me criticó por última vez: lo confronté pero sólo logré que me hablara mucho para decirme poco. Fue ahí cuando pasó un milagro, algo mágico, algo que no esperaba. 

¿Se acuerdan de Peanuts cuándo los adultos hablan, como con una especie de trombón o de distorsión de la voz? Pues así me pasó con él. Y es que ya estaba hasta la madre de que me pusiera el pie. Era más lógico decirme que no, después de todo, el es un lógico ¿no? Porque querría actuar irracional alguien que se precia de ser ló... wait a minute? 

Y si, me di cuenta que yo lo idealizaba. Un amigo, poeta y compañero de amargura, me dijo: No, no idealizaste, lo viste mejor de lo que él se podrá ver. Y si, no tiene nada que quiera de él ni que me pueda gustar. De hecho, muchas cosas que no me gustaban las tomaba como pequeños detalles. Pero no lo eran: tenía muchos defectos y chocaba conmigo. Y me dejó de caer bien hace mucho tiempo. 

Yo estuve sola un tiempo y empecé a imaginar personas como él para seguir adelante. Vi lo que eran, vi cómo eran y resultaron ser iguales o peores que yo. No porque supieran algo tenían derecho a humillarme. No porque creyeran que todos eran unos idiotas, lo eran de verdad. A muchos de ellos les daba envidia la inteligencia y la autenticidad y te bajaban a cada maldito momento. 

Su voz se empezó a distorsionar: las críticas vacías, las ganas que tenía de verme mal, el coraje contenido... Ya no estaban ahí. Yo ya no sentía nada. Y si se lo hubiera dicho con sinceridad, él nunca hubiera hecho lo mismo. 

Y me decidí a ignorarle, a no pasar por los mismos lugares: la universidad se hizo grande otra vez y me dediqué a mis proyectos. Me di cuenta que estuve sola todo este tiempo, me di cuenta que no quería estar en donde no querían que estuviera. 

Simplemente dejo de importarme, como magia. No le debo nada a quien jamás me apoyó. Supongo que un día será como él tenga que ser, pero yo no quiero estar ahí cuando suceda.

sábado, 12 de junio de 2021

Ya entendí que no te entiendo

Después de castrar a un ceceachero, decidí salir con alguien más. Alguien nuevo, cuyo valemadrismo y astucia me cautivaron, pero que sólo era parte de la mentira que me había obligado a creer de él.

El CCH fue una de las etapas más asquerosas de mi vida: además de enfrentarme a maestras lagartonas, maestros de química pendejos y una psicóloga narcisista, me enfrenté a un ambiente terrible, pesado y de la peor vibra posible. Parte por mi ingenuidad y estupidez... parte porque así es la vida: hay que enfrentarse a todas las experiencias posibles para sobrevivir. Recuerden esto. 

Fue mi primera relación tóxica, llamémosle Pablo. Él siempre fue muy pagado de sí mismo: engreído, orgulloso, muy guapo, pero siempre había algo en él que no terminaba de convencer a las mujeres. Muchas de ellas se dejaban abrazar y toquetear por él, pero otras más siempre le sacaban la vuelta, como que no les daba confianza. 

Un día fui a hablarle. ¿Me atreveré? ¿Me hará caso? Mi baja autoestima me reclamaba que me rechazaría, igual que Jesús,  igual que muchos otros. Igual que aquellos que me detestaban y se burlaban de mi. No podía tolerar el rechazo y la antipatía de esa gente.

Pablo accedió a hablarme después de platicar un largo rato: lo había conseguido: él no me iba a rechazar como los otros. Se me hacía hasta simpático, sencillo, guapo. Comencé a idealizarlo, a pensar que sería él el primero, era muy joven y sabía pocas cosas de la vida y del amor romántico. Fui una estúpida. 

A los pocos días él me empezó a insultar sobre todo lo que yo hacía y sobre todo lo que era. Sus amigas también lo hacían. Empecé a vestirme diferente y eso sólo derivó en mayores burlas. Aunque me pedía que nos viéramos, luego me cortaba abruptamente, luego, a los pocos días, volvía a hablarme y que otra vez fuera con él. 

Acordamos salir para acostarnos, pero todo era parte de un juego para que me siguiera manipulando y usando; me llegó a pegar, a hacer bromas pesadas, me llamó gorda, criticaba mi cuerpo, mis pechos y me pendejeaba cuando no eran las cosas a su manera. Yo lo ayudé, incluso económicamente, y aún así sus abusos continuaron. 

Aunque conocí a otras personas, nunca eran tan interesantes como él. Cuando me descartó como que me perdí, anduve de un lado al otro buscando otros novios que me pudieran ayudar a llenar el vacío que tenía. Yo sabía que no era tan agraciada, entonces me enrolaba en cualquier relación en donde hubiera un poco de reconocimiento. Yo limosneaba amor y compañía, pero estaba sola. 

Un día, Pedro me robó el celular y dije simple y sencillamente: No, ¡ya no más! ¡Ya no quiero que este pendejo me esté abusando! Usó a una de sus amigas, Mónica, una vieja fea, gorda y que se veía más grande que él, para distraerme. En eso, él abrió mi mochila y me robó mi celular. A la vista de todos, a plena luz del día. ¿Por qué lo hizo? Porque podía. Porque sabía que no me iba a defender. 

Pero yo ya estaba harta y le puse un cuatro: cuando él me citó en la mañana para dizque salir conmigo, yo le eché a los abogados del CCH, se fue con la cola entre las patas: se justificó, se contradijo, estaba acabado porque se le cayeron todas sus mentiras. Pablo tenía muchas materias reprobadas y muchos antecedentes de haber agredido a otras chicas. Si no hacía algo, se tenía que ir de la escuela. 

Aún recuerdo que él siempre me tuvo coraje: intentó vengarse, pero yo me había movido. Yo iba a otra dirección porque ya iba a acabar el año escolar. Su primo, el que lo acompañó en esta situación, estaba muy encabronado. 

Mi mamá nunca me perdonó haberme defendido: cuando le decían de cosas a Pablo, ella como que no estuvo de mi lado, como que algo no era justo. Tardé años para saber que ella no me apoyaría y que así de tirante sería nuestra relación. 

El primo, mientras tanto, lo defendía a capa y espada, casi me culpaba a mi por haberlo acusado. Subía la voz, me obligó a firmar un papel (que no debí de haber firmado), para que quedara claro que me había dado el celular. Justificaba a Pablo, a su mamá, que no lo acompañaba. Pero algo no cuadraba. 

Cuando entendí que había sido abusada, noté que Pablo siempre hablaba de ir a los rodeos con su primo, justo ese hombre que lo había defendido con tanta vehemencia, era el mismo con el que Pablo compartía mujeres y se drogaban juntos. O bien sólo se emborrachaban y se iban con prostitutas. 

Después una ex amiga me preguntó que por qué estaba con él, que qué me decía para que yo volviera siempre. Era una buena pregunta y recordé que nunca había tenido un encuentro normal con él. 

Porque Pablo para excitarse tenía que recurrir al control, al abuso psicológico, en mi caso, comparaba mi cuerpo con el de su novia, que, casualmente, era más bonita y más delgada que yo. A mi no me importaba porque siempre regresaba conmigo, pero hoy día reconozco que esa es una señal de advertencia y no una forma de relacionarse. 

Una de las cosas que siempre me preguntaba era: ¿nunca te tocaron tus tíos, tus abuelitos? ¿Nunca te ayudaron a bañar tus tíos o alguien de tu casa? Y si le decía que no perdía el interés, pero si lo hacía interesante o si mentía con que un vecino o un tío lejano, él se excitaba rápidamente. 

Yo estuve muy enojada con él, por mucho tiempo, llegué a odiarle, por no haberme querido, por no elegirme, por ser manipulador y por usar a personas para dañarme. Una vez llegó a bromear con que yo había muerto, como si eso fuera algo bueno para él. Lo maldije muchas veces, le deseé la muerte también. Hasta hace poco que hice las paces con mi pasado. 

Conseguí material, fui a terapia. Comencé a quererme y a respetarme. Entendí, después de muchos años de abuso, que no me lo merecía, que no era mi culpa y que, por mucho que hubiera problemas con mi familia (una pelea, una discusión), no se comparaba con lo que había vivido Pablo. O muchos que me habían agredido. 

Empecé a ver a Pablo con otros ojos: tal vez fue ese primo, ese abuelo, ese tío que tenía que haberle cuidado, protegerlo, respetado, pudo haberle violado o abusado de una forma de él. 

Tal vez él no comprendió el daño y no supo qué hacer o cómo protegerse. Tal vez la forma de relacionarse con otras mujeres, era minimizándolas, comparándolas, viendo lo peor de ellas para que pudieran depender de él. Como si él les hiciera un favor. 

Tal vez su venganza era contra gente que él consideraba débil: abusó psicológicamente de otras muchachas. A muchas las puso en mi contra, pero era porque sus novios abusaban de ellas también. A otros les decía que se burlaran de mi, pero cuando él se vio superado, a ellos dejé de importarles. Me había recuperado a mi misma y no me había dado cuenta. 

Él se creía más que yo, pero, con muy poco me dejó en paz. Él creyó que se saldría con la suya, pero no pudo. Sin embargo, todo eso no diluye el verdadero problema: Pablo había sido abusado y eso le impediría ser una persona funcional. Yo sólo había sido agredida por él, pero nunca viviría algo tan cruento y tan terrible, que era la realidad de la que Pablo no podría escapar. 

Viví muchos años autodespreciándome, pendejeandome por no ser como otros querían, como él quería. Pero, cuando lo vi ahí, solo, derrotado, sin poder decir a nadie lo que le había sucedido... Observé el por qué de su odio hacia las mujeres, el por qué del patrón de abuso, que era una profecía autocumplida ya. 

Y, por mucho que tenga diferencias con mi familia, nunca entenderé como es que un familiar abuse de ti. Nunca entenderé que te encubran porque también eres un abusador. Nunca perteneceré a ese culto familiar en donde encubren lo que haces a otros como victimario, pero que regresas a ser una víctima de cualquier modo. Nunca lo entenderé. 

Pablo, yo por mi parte, ya se que no te entiendo y que nunca te voy a entender. No me siento mejor, que mal lo que te ocurrió. Pero no fue justo lo que me hiciste, jamás lo será. Yo se que no me entiendes, pero no importa, ojalá encuentres justicia cuando alguien lo haga. 

miércoles, 2 de junio de 2021

Un Amor Incomparable

Me han comparado muchas veces en la vida, todas con gente imaginaria: desde personas que defienden a gente con la cual no viven, como ex parejas que creen que estoy para satisfacer sus deseos y necesidades porque no importo. 

Pero a todos ellos los he mandado a la verga. Antes sufría mucho, mucho por la idea de que alguien fuera mejor que yo, pero rara vez veía que en la otra opción hubiera competencia. 

Y no me paro el cuello, como que la gente cree que eso por lo que te cambia vale más la pena, que ahora si vamos a aprender (ignoro qué), que ahora si se les va a amar correctamente. Pero ves sus vidas y dices: pues claro, es sólo lo que está en su imaginación, pobre infeliz. 

Cuando me compararon con una mujer más delgada, al principio me molesté, pero fue muy cómico esto porque le sugerí al tipo que saliera con mujeres delgadas, que fuera tras la que le gustara, que si le daba asco, mejor que se acostara con la que no le diera asco. Pensé en todo eso, menos en bajar de peso. Si no lo hago por salud, por las mejoras que esto conlleva, menos por un pendejo. 

Si es que hago una dieta es para un asunto específico: mejorar mi condición, reducir azúcares, aumentar mi energía. Todo esto con un médico de por medio (que yo he pagado, porque ningún muerto de hambre me ha dado de tragar ni sabe lo que necesito). Mejorar mi piel o cabello, blanquear mis dientes, mejorar mi digestión, asuntos importantes para una mujer. Nunca lo he hecho por coger mejor ni hacerle el favor a don puñetas. 

Un pendejo, que no me gustaba, se ardió porque le dije que no quería salir a tomar con él. Creo que le dolió no sólo que no fuera su tipo de mujer, sino que me veía como una víctima, no como la mujer que él quería que fuera. Yo, con sobrepeso, con mi cara de lela, con todo lo que odiaba de una mujer, este pendejo de mierda pensó que estaría necesitada y le diría que si. No se imaginó que yo salía con un hombre que me gustaba y que yo le gustaba a él. 

¿Es tan difícil entender que es mejor hacer cosas con el que te atrae y que te sientes del asco si las haces con otro por lástima o por compasión o soledad? ¿Han notado que el sexo es más compromiso que lujuria, seas como seas, con el cuerpo que tengas? Así como hay personas mierda, rock and roll mierda y trabajos de mierda, también hay sexo de mierda. ¿Es tan difícil entender que no quieres eso? 

Y era de esos pendejos que decían que ser delgada era igual a amor propio, él un guey marchito, sin cuello y precoz, que cree que una vieja lo tiene que salvar de su vida de cagada. Que abusaba de su pareja que era más fea que él y para el que ninguna vieja era suficiente, porque era un enano mental y mediocre. 

Otro, aún más marrano que yo, se atrevió a recomendarme dietas que él seguía. Pero no gracias, no quiero verme como tu, por eso no sigo tus consejos. 

Viejas más feas: delgadas o con cuerpo medio amorfo, con cuerpo de adolescente, cara de vato, cara del Pinguino que interpretaba Dany DeVitto, cara de Musculoso de Un Show Más, cara de Alice de Superjail, o del burro de Shrek con cabello largo: todas unas criticonas, unas amargadas de que uno se arregla o tiene una cita. Todas criticando tu alimentación cuando no saben ni comer. Todas diciéndote lo que deberías ser, cuando nunca se bajaron del árbol ni se pusieron zapatos. 

Ojalá la comparación te hiciera apreciar aspectos de una personalidad, pero la realidad es que te aleja de ella. No te hace poner en perspectiva las cosas, ni te hace mejorar, sólo evidencía tus carencias y tus deseos frustrados, sólo te hace ver como la persona pequeña que eres. 

Yo, por mi parte, cuando me pedían algo o cuando me buscaban, siempre les decía la misma respuesta: ¿por qué no vas a buscarla a ella o a eso? Diles a ellos, no a mi. 

Y me sentía en paz conmigo, con quien era yo, con mi gordura y mi personalidad tan difícil y cortante. Porque, en el fondo, aunque la gente no me elija y no me acepte, yo me he elegido a mi. 


miércoles, 12 de mayo de 2021

Cuento: La Morticia

Ricardo tenía una novia, pero siempre buscaba a alguien más. Quería estar con Andrea, la iba a conquistar porque era simpático y estaba bien conectado. Eso era lo que decía. 

Cuando le ofreció trabajo a Andrea, ella aceptó porque creyó, de forma muy estúpida, que sería una forma de seguir creciendo, de buscar una nueva oportunidad: el trabajo consistía en ser guía de turistas y ganar de 2500 a 3000 pesos por semana. Ya después vendrían las propinas. Al menos eso le dijo Ricardo. 

Fue muy accidentada la forma en que Ricardo quería formar a Andrea: aunque la escuchaba, luego le echaba en cara como era. Aunque le dedicaba canciones, estas no tenían mucho que ver con lo que sentía por ella. Aunque parecía que la aceptaba, siempre la estaba criticando y le disgustaba si ella tenía un pensamiento independiente. 

Ricardo buscaba a Andrea en su trabajo, le mandaba mensajes, le quería comprar cosas. Parecía que gustaba de ella, de su compañía, o al menos eso decía. 

Ricardo tenía muchos problemas de abandono: desde su fracturada relación con su madre, la cual no lo quería, Ricardo tenía un apego posesivo. Buscaba a mujeres que sabía que no lo iban a amar, o que en el fondo, le desairaban. Cada que Ricardo tenía un problema con ellas, negociaba un nuevo trabajo por sus contactos: prometía pago en dólares, turismo en la Riviera Maya, sólo tenía que hacer una llamada, pero eso lo hacía sólo para generar deuda... y culpa, mucha. 

Siempre contaba una anécdota con la que apodaba La Morticia, mejor conocida como Lucía. Lucía es empleada de Capital Bus y es reconocida por ser de las mejores vendedoras. Ricardo la veía siempre, en un tiempo buscó darle trabajo, pero Lucía se ponía la camiseta y siempre destronaba a la competencia, interna y externa. 

Ricardo parecía también preocupadísimo de su vida: una vez le preguntó a Andrea si Lucía tenía pareja, que por qué no dejaba ese trabajo para trabajar en agencia u otro lado. Que si era pareja del gerente, un gorila afeitado llamado Dwayne Elizondo Mountain Dew Herbert Camacho, un cobarde, ratero, abusivo y resentido, que creo que si citaba a señoritas para que vendieran boletitos. Fácil le preguntó eso a Andrea tres veces. 

Un día Ricardo pensó en hacer un gran movimiento: quería que Andrea fuera su novia y su ayudante para darle más trabajo, dinero y preparación. Cosa que Andrea no aceptó, porque buscaba en ese momento salir de otra relación que no le aportaba nada. Además, Andrea quería trabajar y ganar más dinero: la relación era laboral, Ricardo fue la que convirtió la relación en personal. 

Ahí comenzó el calvario. 

Ricardo siempre le preguntaba a Andrea sobre su vida sexual y su "limpieza" (esto es, si no tenía enfermedades venéreas). A menudo hacía comentarios despectivos sobre su aspecto (porque ya lo había rechazado), su forma de comer e incluso llegó a insinuar que olía raro... Andrea estaba devastada: siempre se aseaba para ir a trabajar, pero las altas temperaturas, el sudor y los esfuerzos constantes, la hacían transpirar. No era un olor desagradable, de hecho, cuando Ricardo se acercaba a besarla nunca se quejó de ella... Pero él empezó a quejarse de ese tipo de cosas. 

 Andrea aceptó a besar a Ricardo, tal vez porque se sentía en deuda con él. Pensaba que, como él tenía sobrepeso, como él había sido discriminado y juzgado injustamente, la comprendería. Pensaba, estúpidamente, que él no sería injusto como lo eran en su otro trabajo. Qué equivocada estaba. Qué estúpida fue. 

Ricardo también le ofreció pagar un curso a su amigo Roberto Franco, un viejo verde y ridículo al que todos llamaban El Padrino, pero no era nadie en realidad, no era nada. Sólo era un viejo que quería manosear y hacer menos a las muchachas. Todas eran unas pendejas, todas, según él, querían con él y pedían viajes con él por su dizque atractivo. Pero lo que le gustaba a la gente era que le podían ver la cara de pendejo. 

Roberto muchas veces intentó manosear a Andrea, incluso le preguntaba si ya se había acostado con Ricardo. La humillaba con bromas pesadas. Ante esto, Ricardo nunca hizo nada. 

Después, Ricardo empezó a tratar a Andrea como chalana. Andrea siempre le consiguió lo que necesitaba: desde cosas domésticas como matamoscas hasta revistas especializadas. Andrea sabía hacerlo, pero lo único que recibía era desconcierto, menosprecio y burlas hacia su carrera. Tal vez lo niegue Ricardo, tal vez se haga pendejo, pero así fue. 

El dinero que Ricardo le prometió a Andrea sólo fue una parte de la suma, después, sólo eran promesas: un día vas a ganar más, un día te voy a invitar a comer, un día te voy a llevar, un día vamos a salir tu y yo... Nunca, por fortuna, se cumplió nada. Ricardo no tenía esa intención. 

Aunque le prometían mucho dinero, Roberto y Ricardo querían quitárselo para el curso pitero, estaban haciendo negocio con la gente que acosaban en Capital Bus. Ricardo, como el caballero blanco que era, sabía reconocer a víctimas y a gente que se iría a otros trabajos, pero sólo pretendía ayudarlas para después abusar de ellas: verbalmente, incluso físicamente. 

Una vez que Andrea veía su celular, para estudiar algo que Ricardo le había encomendado, Ricardo lo tomó como una falta de respeto, pero, en vez de decirle que pusiera atención, le soltó un manotazo que pellizcó los dedos de Andrea con su celular. El día que Andrea le confrontó, él dijo que fue un reflejo inconsiente y que quería abrazarla para llevarse el daño que le habían hecho. 

Pero Ricardo era un abusador: los constantes abusos y negligencia de su madre lo habían vuelto misógino, tóxico y manipulador: los supuestos contactos que tenía eran mentira, la promesa de un buen sueldo, la posibilidad de ser guía de turistas, la forma en que convencía a las mujeres y las promesas de tratarlas bien. En todo mentía. 

Y la mentada Morticia, Lucía, era su gran amor: tenerla a ella era tener todo lo que aspiraba: una persona delgada, organizada, pulcra, delgada, buena vendedora, buena guía de turistas, delgada y delgada. 

Porque eso era lo que Ricardo creía: que una mujer delgada era más bonita, era el trofeo para que él pasara de ser simpático a galán. Ella era quien lo convertiría en un verdadero seductor, no la mujer con la que anduvo. 

Cuando besaba a Andrea pensaba en Lucía, cuando la invitó a comer tacos, cuando le ofrecía su protección, en el fondo, pensaba en Lucy: ella era su Morticia porque él quería ser su Homero. 

Quería los guantes porque habían tocado sus manos, no le interesaba la chica con sobrepeso, simpática, inteligente, pero nunca como ella. Nunca sería suficiente porque era fea, sucia y era un chiste. Si había fracasado ahí, fracasaría siempre. 

Si no podía bajar de peso, no era bonita, ni confiable. Si no hacía dieta no se cuidaba, no se quería, no estaba en lo cierto, no merecía un amor que no Andrea no quería, que sólo había aceptado porque le diste lástima. Le diste lástima, Ricardo, por mucho que la compararas. 

Andrea, según Ricardo, era sucia por su sobrepeso: eso la hacía que comiera de más, que la ropa no le quedara bien, que no fuera atractiva, que oliera raro, pese a que no estaba enferma de nada... Que no tuviera bella sonrisa. No era Lucía, en ella todo estaba bien. Supongo que no sabía que su idealización era baja autoestima. 

Cuando Andrea le puso límites, Ricardo se victimizó, aunque él había agredido primero a Andrea y sin razón. Andrea se sinceró con él: si era gorda, fea y sucia, ¿cómo para qué quería estar con ella? Ricardo, desesperado, sólo respondía con emojis dignos de un imbécil: perritos y caritas tristes, con decepción, porque no tenía cara para contestarle. 

-Yo nunca tuve una mala intención contigo: sí quería estar contigo, era porque pensé que me comprendías- le espetó Andrea. No me lastima el que quieras a una mujer delgada, me molestan tus mentiras, tu cobardía, tus ganas de querer humillar a una mujer y de querer comprarla, para que haga y sea como tú quieres. No me molesta que estés enamorado de Lucía, pero, pudiste habérmelo dicho para saber qué esperar de una relación. Todo el tiempo fingiste, todo el tiempo me hiciste creer que veías algo bueno en mi, cuando sólo querías insultarme y compararme con Lucía, tu verdadero amor. 

Le deseamos mucha suerte a Ricardo, ojalá deje de mentir y de humillar y consiga a una mujer delgada. 

Andrea tuvo otra relación con un hombre más guapo, más delgado y más educado: se reían juntos, había respeto, había química. Había verdad en sus palabras. Desconozco que pasó con Ricardo, supongo que nunca se ligó a la muchacha guapa, sigue fantaseando con decirle Caramía o Mon coeur

martes, 20 de abril de 2021

Cuento: Dos gatos, una Gata y un Michito

Inspirado en: El podcast del perro, de El Warpig, para la productora Dixo. 

Chuy era un chico inmaduro e irresponsable, tenía algunos amigos y unos padres que le consecuentaban todo, pero aún así, sentía que le faltaba algo. Neceó mucho y manipuló a sus padres, los cuales le manipulaban también, pero consiguió un par de gatitos con los cuales entretenerse. 

Parecía niño con hostal nuevo: todo el dinero que era de sus domingos y que le daban para sus gastos se iba en los nuevos inquilinos. Un gimnasio para gatos, latitas de las más caras, juguetes y chacharitas para los felinos. 

Chuy tenía una amiga a la que apodaban la Gata, era así porque iba con él a todos lados, la Gata a veces servía como apoyo de Chuy, otras veces Chuy le jugaba bromas pesadas, otras más, tenían buenas conversaciones y reían juntos. La Gata era fiel, porque ya la habían dejado antes. 

Cuando conoció a los dos gatos, la Gata parecía agradarles, pero con el tiempo, se dio cuenta que estaban descuidados: Chuy sólo jugaba con ellos un rato y después se aburría. A veces, les jugaba bromas y los abrazaba y otras, parecía que los quería mucho. Eso tenían en común los dos gatos y la Gata. 

Ya había pasado mucho tiempo y Chuy empezó a idear tener un perro: un perrito obediente, juguetón y chistoso, que lo entretuviera y al cual enseñarle nuevos trucos. Los dos gatos como que ya le daban hueva. Y, con la Gata, pues como que era lo mismo. 

Chuy le dijo abiertamente a sus padres que quería un perro. A lo que su mamá Dragona le respondió: Y ¿qué tal si no se lleva con los dos gatos? ¿no querrás que los mandemos al dormir o si? A lo que el caprichoso Chuy exclamó: ¡PUES LOS DORMIMOS, NI PEDO! 

Bueno, eso último no lo dijo, pero pues para él nunca había pedo. Eso fue algo de lo que la Gata se daría cuenta después: era muy común para familias clasemedieras, que las anteriores mascotas fueran dejadas a su suerte o dormidas porque se habían dado como un juguete a niños y niñultos caprichosos. 

Había un chingo de adultos que, una vez que crecía aquel simpático cachorrito o que tenían noticias de que esperaban hijos, se deshacían de ellos durmiéndolos o envenenándolos. ¡Qué mas dá, si animales hay un chingo! Pero los recursos y el amor son limitados, recuerden eso. 

¡Incluso eso se podía hacer con otro ser humano!

Cierto día, Chuy perdió un anillo que le recordaba que había terminado su tercera carrera: le hizo una broma a la Gata y se lo dio. Luego se lo pidió sin razón en una fecha en la cual era imposible que se lo devolviera. Ciertamente, la Gata movió algunos compromisos que tenía ese día y se lo regresó. 

Le pidió a su Gata que se lo trajera y la Gata obedeció. Pensaba que era por su amistad, pero la realidad era que Chuy le estaba dando una orden. Ella era la culpable de sus errores, tenía que devolvérselo y tenía que darle las atenciones que él quisiera. Después de todo, para eso eran amigos. ¿Cierto? 

La Gata, a raíz de esto, tuvo muchos problemas. Su madre le reprochó que era su mandadera, que cómo era posible. Le gritoneó, la estuvo chingando, se lo recordaba cada que se equivocaba. No conforme con eso, le echaba en cara haberla apoyado para que él no la valorara. Hasta el día de hoy, la Gata perdió mucho contacto con ella. 

Pero aún le quedaba Chuy, en él estaban puestas todas sus esperanzas. Esa pelea era nada ¿cierto? Él en el fondo la valoraba y nunca le haría algo malo. Intentó hablar con él otra vez... pero se dio cuenta que era todo lo contrario. 

Chuy le respondió con evasivas, él creía que no había consecuencias de sus actos y que, si la Gata había decidido que ella iría, era problema de ella, que él no la había obligado. La Gata se dio cuenta que ese egocentrismo y esas ideas tan ridículas de Chuy eran ciertas para él. Según Chuy, esas pendejadas eran su vida. 

Una vida muy pobre para una persona corta de ideas. 

Cuando uno de los familiares de la Gata murió, Chuy se comportó como un verdadero imbécil: en vez de tener palabras de Consuelo, escuchar o al menos quedarse callado, empezó a decirle a la Gata que si ahora si quería a su tía, esto fue porque ella le dijo que tenían problemas... Muchas discusiones, algunas cosas que no debían decirse. La Gata fue muy abierta al respecto... pero él sólo tomó esa vulnerabilidad para ser culero con ella. Supongo que a mucha gente le importan más sus ideas que las personas que los han ayudado. 

La Gata se fue llorando porque Chuy le dijo que se hacía la víctima. Además, se enteró que Chuy se había aburrido de ella y la había mandado al matadero, a que le pusieran su inyección final. La Gata se sintió traicionada y huyó, ¿cómo podría tratarla así, después de todo lo que habían vivido? 

Pues la respuesta es fácil: su amistad había acabado, ya no le servía, ya no había nada qué hacer porque la Gata no le decía lo que él quería escuchar. Ya no era su Gata... Nunca más. 

La Gata poco después conocería a un Michito que gustaba de probar las mismas cosas que ella: comieron helado, comieron una hamburguesa, comieron rico por toda la ciudad, riendo y buscando música en las tiendas de discos y en su celular. 

Honestamente, era mucho mejor que estar atada a ese peso muerto. 

Y ese Michito rompió un hechizo: la Gata dejó de ser una mandadera y junto con él, se convirtieron en personas. 

Por desgracia eso no pasa con muchas mascotitas y amiguitos abandonados, de esos que olvidamos en la azotea de nuestras memorias y que nos cansamos rápido de ellos... ¿Verdad? 

Yo soy Andreoida y por suerte, ustedes no.